Cocinar para alguien que come diferente puede parecer una limitación. Hasta que descubres todas las posibilidades que se abren.
Hay recetas que hacemos casi sin pensar.
Sabemos qué harina utilizar. Cuánto tiempo necesita una masa. Qué ingrediente aporta humedad, cuál da estructura, cuál consigue que algo quede crujiente.
O no sabemos nada de todo esto. Simplemente sabemos que esa receta funciona.
Hasta que un día alguien se sienta a nuestra mesa y no puede comer alguna de esas cosas.
De repente, la receta que conocíamos deja de funcionar tal como estaba escrita.
Y podemos vivirlo como un problema.
O podemos sentir curiosidad.
¿Y ahora cómo lo hacemos?
Para alguien a quien le gusta cocinar, esa pregunta puede ser el principio de algo extraordinariamente divertido.
Para mí, sin duda lo fue.
Cuando la respuesta de siempre deja de servir
Cocinar tiene mucho de repetición.
Aprendemos una técnica, una combinación, una proporción. Aprendemos una técnica, una combinación, una proporción. Descubrimos que funciona y la incorporamos a nuestro repertorio.
Pero cocinar también tiene mucho de búsqueda.
¿Qué ocurre si cambio esto?
¿Y si utilizo aquello?
¿Cómo consigo esta textura de otra manera?
¿Y si, en lugar de reconstruir la misma receta, empiezo de nuevo?
La creatividad en la cocina empieza muchas veces cuando dejamos de poder hacer las cosas como siempre.
Porque entonces tenemos que volver a mirar los ingredientes.
No como una lista que hay que obedecer, sino como posibilidades.
Una almendra deja de ser simplemente algo que añadimos a un pastel y se convierte en humedad, grasa, sabor y textura.
Una semilla puede aportar crujiente.
La avena puede dar suavidad.
El teff puede resaltar el sabor del cacao.
El trigo sarraceno puede introducir una profundidad que antes no estaba.
Y, poco a poco, dejamos de preguntarnos únicamente qué podemos quitar.
Empezamos a preguntarnos qué podemos hacer.
La cocina siempre ha funcionado así
En realidad, cocinar nunca ha consistido en disponer de todos los ingredientes posibles.
Cocinamos con lo que tenemos.
Con lo que crece cerca. Con lo que está de temporada. Con lo que podemos conservar. Con lo que aprendimos de quienes cocinaron antes que nosotros.
Buena parte de la cocina que conocemos nació precisamente así.
Fermentar, secar, encurtir, moler, tostar, cocinar lentamente. Encontrar maneras de transformar lo que había en algo extraordinario.
La cocina está llena de respuestas creativas a una circunstancia concreta.
No porque una restricción sea deseable.
Ni porque quien cocina tenga la obligación de convertirla en una aventura.
Simplemente porque, cuando nos gusta cocinar, encontrarnos con una pregunta nueva puede despertar algo que reconocemos muy bien:
las ganas de probar.
Y entonces aparecen ingredientes que antes no estaban
Quizá compramos por primera vez harina de garbanzo, de teff, de mijo o de sorgo.
O descubrimos lo que ocurre cuando tostamos una avellana antes de incorporarla a una masa.
Empezamos a entender que dos harinas que parecían intercambiables se comportan de maneras completamente distintas.
Descubrimos que una textura no depende necesariamente de un único ingrediente.
Probamos. Nos equivocamos. Cambiamos proporciones. Volvemos a probar.
Y a veces ocurre algo todavía más interesante.
La receta que nació porque alguien no podía comer la original nos gusta más.
No es una copia.
No es la versión especial.
No necesita que expliquemos qué le falta antes de servirla.
Es simplemente una receta que merece quedarse.
El descubrimiento también se comparte
Somos ocho alrededor de una mesa. Una de las personas no puede comer gluten.
Podemos preparar el postre de siempre y buscar una segunda opción para ella.
A veces será la mejor solución. Y no pasa nada.
Pero también podemos preguntarnos otra cosa:
¿Y si hacemos un postre extraordinario que podamos compartir los ocho?
No uno que esté bastante bien para ser sin gluten.
No uno cuyo principal mérito sea que todo el mundo pueda comerlo.
Uno que pondríamos en el centro de la mesa aunque nadie tuviera ninguna restricción alimentaria.
Porque está buenísimo.
Ese pequeño cambio transforma completamente el punto de partida.
Ya no estamos intentando resolver qué come esa persona.
Estamos pensando qué nos apetece comer a todos.
Una mesa, no dos
Y entonces llegamos a una escena muy sencilla.
Hay un pastel en el centro.
O unas galletas.
O un pan.
Alguien corta. Otro coge un trozo. Alguien pregunta si queda más.
Nadie pregunta cuál es el suyo.
No hay una elaboración principal y otra esperando a un lado.
Hay comida.
Una mesa, no dos.
No siempre será posible, ni tiene por qué serlo. Hay momentos en los que preparar varias cosas es sencillamente lo más sensato.
La generosidad no consiste en convertir cada comida en un ejercicio de perfección.
Pero cuando podemos crear algo que más personas pueden compartir y disfrutar, ocurre algo bonito.
Y no solo para quien antes necesitaba una opción diferente.
La mesa se vuelve más interesante para todos.
Cocinar para más personas puede ampliar nuestra cocina
Quizá esa sea la paradoja.
Al principio parece que tenemos menos posibilidades.
Un ingrediente desaparece. Una receta conocida deja de servir. Hay una puerta que se cierra.
Pero empezamos a buscar y aparecen otras.
Ingredientes que no conocíamos.
Técnicas que nunca habíamos probado.
Sabores que no habíamos combinado.
Recetas que probablemente nunca habríamos cocinado.
Y un repertorio que, en lugar de hacerse más pequeño, crece.
En No todo tiene que ser trigo hablábamos de todo lo que aparece cuando dejamos de mirar otros ingredientes únicamente como sustitutos. Quizá con las limitaciones ocurra algo parecido.
A veces, cocinar para alguien que come diferente nos hace cocinar de una manera diferente.
Y ahí empiezan los descubrimientos.
Porque quizá una de las cosas más bonitas de cocinar sea precisamente esa:




